Pesaba poco más de cuarenta kilos, lo cual teniendo en cuenta que su estatura era de un
metro setenta, hacía que aparentara estar famélica. Pero no era hambre lo que pasaba. Lo
suyo más bien era ya un sufrimiento continuo durante años de matrimonio infeliz. Las
personas tenemos un alto grado de aguante, y desde luego las mujeres más que los
hombres, pero todo tiene un límite. Lo que se aguanta un día, tal vez se pueda aguantar una
semana, un mes, un año, o varios, pero no hay nada que se pueda perpetuar por siempre.
Claro que hay personas que parecen haber nacido con mala estrella y todo da la sensación
de que está en contra de ellas. Algunas de estas personas pueden cambiar su sino
modificando su forma de ver las cosas, siendo menos negativas y creando de este modo una
energía más positiva a su alrededor. Después de todo, el universo entero está basado en la
energía, y nosotros somos parte del universo; parte de esa energía que nos rodea y de la
que estamos compuestos. Pero son muchas las personas que son incapaces de manipular por
sí mismas la configuración de esa energía, y todo acaba siendo negativo a su alrededor, sin
que aparentemente sean capaces de modificar ese destino fatal que se vislumbra en el
horizonte de sus vidas.
Mara era una de esas personas que se dice que han nacido de culo. Hija de padre alcohólico
y de madre siempre tan borracha o más que el padre, no se podía decir de ella que hubiese
tenido una infancia feliz. Ni siquiera sería correcto decir que había tenido infancia de ningún
tipo. Las circunstancias la habían hecho madurar mucho más rápidamente que otros niños de
su edad. Cuando los demás dedicaban su tiempo a jugar, ella tenía bastante con buscarse la
vida por su cuenta. Sus padres se pasaban semanas enteras en medio de una total
embriaguez y ella tenía que encargarse de sus dos hermanos menores. Mirándolo
retrospectivamente, resultaba increíble que hubieran sobrevivido, teniendo en cuenta
además, que en los breves periodos en que el sopor no dominaba a su padre, el mayor
pasatiempo de éste era apalear a sus hijos. Y apalear en el sentido literal del término, dado
que era precisamente un palo lo que utilizaba.
En una ocasión―recordaba Mara―, un mal golpe dejó ciego de un ojo al más pequeño. En el
hospital tuvieron que decir que se había caído, porque el miedo de hacer enfadar a su padre
era como una espada de Damocles que colgaba siempre encima de sus cabezas.
Era muy triste vivir odiando a sus padres y malviviendo con lo poco que sacaba pidiendo en
las esquinas, pero nunca había tenido el valor suficiente como para abandonarlos. Tenía
miedo de las consecuencias que eso le hubiera podido reportar si su padre los encontraba.
Tal vez si se hubiera atrevido a irse sola, todo hubiese sido más fácil, pero se sentía
responsable de sus dos hermanos chicos, y si alguna vez hubiera reunido el valor de irse de
casa, lo hubiera hecho con ellos. De eso no tenía ninguna duda.
Ahora todo eso podría parecer muy lejano si hubiera conseguido cambiar de vida, pero
realmente solo había cambiado de dueño. Su padre había muerto años atrás de una de sus
enormes borracheras. La cirrosis había acabado con una vida de excesos a base de vino de
garrafa y de tetrabriks adocenados. Semanas enteras sobreviviendo únicamente del
combustible de bajo rendimiento que el alcohol le proporcionaba al cuerpo, sin más alimento
que los polvos con que hacían y le daban color al vino de garrafa. Lo extraño es que hubiese
durado tanto. En cuanto a su madre, se la llevó por delante una paliza con el mismo palo que
era responsable de que su hermano fuera tuerto y medio imbécil.
En ocasiones se echaba a ella misma la culpa de algunas de las borracheras de sus padres,
dado que al fin y al cabo se las podían permitir por el dinero que ella conseguía. Recordaba
que de muy pequeña su padre recogía cartón y robaba cobre aun a riesgo de su vida porque
en más de una vez había cortado cables eléctricos. Sólo en una ocasión tuvo un percance
serio que le dejó inútil el dedo meñique de la mano izquierda. Tieso y tiznado, su padre
bromeaba a veces―las pocas en que estaba de humor―, diciendo que todavía le servía para
hurgarse la nariz.
Pero ya poco después de aquello, su padre se convirtió en un auténtico alérgico al trabajo, y
rara era la ocasión en que "hacían la calle" él y su esposa para recoger el escaso tesoro que
suponían las cajas de cartón abandonadas. Y ya desde entonces y durante mucho tiempo,
fue ella prácticamente la única fuente de ingresos de la familia. Recordaba con lágrimas en
los ojos lo que tuvo que hacer con su cuerpo de niña primero y de adolescente después,
dejándose sobar por manos sudorosas y alientos fétidos. Era la única manera de conseguir lo
bastante―que era poco―para sobrevivir. No bastaba con estar en la esquina sosteniendo un
vaso de hojalata y esperar que alguien se animara a hacerlo tintinear. Pronto se dio cuenta
de que la única forma de conseguir algo más era usando su cuerpo. Al principio lo hizo con
miedo y asco. Con el tiempo el miedo desapareció y la repugnancia permaneció. Pero podía
soportarlo y así lo hizo durante años, hasta que su príncipe azul la rescató de aquel infierno.
Pero su inexperiencia en juzgar a la gente le impidió ver que no se trataba de un príncipe
azul, sino más bien de un príncipe negro. Un auténtico príncipe de las tinieblas, malvado y
desconsiderado que solo buscaba un buen cuerpo que poder usar y abofetear a discreción.
Esa había sido su historia. Su corta y a la vez larguísima historia, porque a pesar de su
juventud, ya había vivido mucho. Demasiado quizás.
Demasiado. Eso era lo que pensaba muchas veces, que ya había vivido demasiado. ¿Y qué
hay que hacer cuando uno cree que ya ha vivido más de la cuenta? La conclusión siempre
acaba siendo la misma: El suicidio.
Un par de años antes ya lo había intentado cortándose las venas. Como no disponían de
bañera en casa, había llenado el barreño que utilizaba para lavar la ropa, de agua caliente,
casi hirviendo. Había leído en algún libro de romanos que así no dolía. Muchos se habían
quitado de ese modo la vida en aquélla época. Y después también. Al principio le había dado
una cierta aprensión el hecho de rajarse las venas a la altura de las muñecas, pero una vez
se cortó las de la mano derecha, las de la izquierda ya no le costaron tanto. El barreño de
tiñó de un rojo púrpura inmediatamente, y sus ojos se nublaron. Se sintió flotar y vio una
extraña y brillante luz blanco azulada. Por primera vez en su vida creyó ser feliz. Pero la
felicidad le duró muy poco. El imbécil de su marido volvió demasiado pronto a casa, y
aunque estaba borracho como una cuba, pronto comprendió lo que ella había hecho y tuvo la
suficiente sangre fría como para atarle las muñecas con unos mugrientos paños de cocina y
llevarla al hospital.
En el hospital se mostraron excesivamente eficaces y consiguieron hacerla volver de la
brillante luz que tanto la había tranquilizado.
Tardó casi un año en volverlo a intentar, y esta vez lo hizo utilizando el gas. Tenían un
horrible horno casi prehistórico que malfuncionaba con butano, pero que precisamente por
sus completas carencias en cuanto a sistemas de seguridad resultaba ideal para llenar la
casa del fétido gas. Pronto perdió el conocimiento y quedó tendida en el suelo. Su muerte no
sería tan agradable como la que ocasionaría la mala combustión de este gas que provocaría
monóxido de carbono. Eso sería lo que se conoce como la muerte dulce; lo había leído
recientemente en una noticia donde una familia entera había muerto a causa de la inhalación
de ese monóxido. Habían muerto todos mientras dormían. Respirar butano sin quemar no
sería tan eficaz posiblemente, pero suponía que sí que sería lo suficiente.
Esta vez no fue su marido, sino los vecinos quienes se dieron cuenta de lo sucedido debido al
fuerte olor que salía de la vivienda. Alguien aporreó la puerta hasta que se abrió sin
demasiados problemas. Una vez más llegó al hospital a tiempo de que se recuperara. Eso le
valió además un par de palizas extras al volver a casa.
Un tercer y último intento hasta la fecha para quitarse la vida había sido la ingestión de un
montón de barbitúricos que había encontrado removiendo el contenido de las basuras. Algún
desaprensivo había hecho limpieza del botiquín y lo había bajado con el resto de los
desperdicios. Ante la duda de lo que podría servirle y lo que no, acabó ingiriendo una mezcla
un tanto extraña de calmantes, somníferos, antibióticos, e incluso alguna aspirina caducada.
También en esta tercera ocasión acabó en el hospital llevada por su marido. Le hicieron un
lavado de estómago y su marido se encargó de la rehabilitación posterior a base de golpes
de todo tipo.
Cada vez estaba más harta de todo y se sentía, además, torpe e inútil por no haber sido ni
siquiera capaz de quitarse la vida por sí misma. Nunca hubiera pensado que pudiera resultar
tan complicado.
Vivían en un quinto piso en un estado lamentable, de donde ya les habían comunicado que
iban a sacarlos se pusieran como se pusieran porque la finca no cumplía con los requisitos
mínimos de seguridad y salubridad. Pero su marido se empeñaba en seguir arreglando cosas
a pesar de todo. Esa mañana había empezado con la barandilla del balcón. Había arrancado
la anterior que estaba totalmente oxidada y se caía a pedazos, y estaba colocando otra más
pequeña que no alcanzaba a cubrir la totalidad del hueco dejado por la antigua baranda.
Pero eso parecía no importarle demasiado; posiblemente tuviera previsto traer algún otro
pedazo y atarlo con hilo de alambre.
Esa mañana había salido al balcón junto con su marido porque éste se había empeñado en
que sostuviera la barandilla mientras él la ataba chapuceramente. No pudo evitar pensar en
lo que ocurriría si se dejaba caer desde esa altura. Todo acabaría rápidamente y en esta
ocasión nada podría salvarla. Cuando la recogieran estaría destrozada y por mucho que se
apresuraran en llevarla al hospital, llegarían tarde.
Su marido se levantó y se quedó de pié junto a ella mirándola.
― ¿En qué estas pensando si puede saberse?―mientras le hacía la pregunta se giró y
miró hacia abajo.
Fue en ese preciso instante cuando algo en la cabeza de Mara hizo que se decidiera. Esta vez
no iba a fallar.
Soltó la barandilla con un sonido metálico que sonó como si proviniera de muy lejos. Su
marido se dio la vuelta y la miró de nuevo. Ella extendió los brazos...
...y empujó a su marido.
Llegó rápido al suelo con un sonido como de sandía, y quedó totalmente quieto. Unos
segundos después una enorme mancha de sangre se extendía alrededor del cuerpo.
"Después de todo, el suicidio no es tan malo"―pensó Mara.
Ramón Cerdá
Autor de la trilogía de LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS, EL FANTASMA DE LOS SUEÑOS
y EL ENCANTADOR DE ABEJAS