Relato corto de Ramón Cerdá, Autor revelación del Thriller hispano 2002
Ramón Cerdá ha sabido condensar en unas pocas páginas toda la amargura de una niña maltratada que a pesar de su corta edad llega a pensar en quitarse la vida.
Al igual que ocurre con otras obras del autor: CONFIESO ó LA HABITACIÓN DE LAS MARIPOSAS, el desenlace es genial e inesperado, dejando al lector con un buen sabor de boca, cosa que pocos autores del género consiguen.
Un relámpago iluminó la estancia sobresaltando a la niña.
-Mamá, mamá -gritó-. Estaba asustada por la tormenta, pero pese a sus gritos nadie acudió a su cuarto. Nunca acudía nadie. Tenía sólo cinco años y ya se sentía abandonada. Desde que había cumplido los tres años, apenas salía de casa y no podía comprender lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Las discusiones y peleas entre sus padres eran cada vez más violentas y frecuentes, lo cual le provocaba constantemente miedo e inseguridad, refugiándose cada vez más en sí misma y aislándose de cuanto la rodeaba.
Su padre llegaba tarde a casa cada día y apestaban a alcohol su aliento y sus vestimentas, y después de las habituales peleas por cualquier motivo, a menudo golpeaba a su madre, y si ella no tenía la precaución de desaparecer, acababa recibiendo también las consecuencias de las no pocas frustraciones de su progenitor.
-Mari, ven. Ha llegado papá-le había dicho un par de días antes-. Te he traído un regalo, ¿dónde estás? -Después de pensarlo, ganó su curiosidad y acabó saliendo de su escondrijo, acudiendo a la llamada aparentemente cariñosa de su padre.
-Hola-le dijo tímidamente con la mirada fija en sus zapatos.
-Hola-contestó su padre con una dulzura extremada y nada común en él- . Te habías escondido de mí ¿no es cierto?-Mari no contestó, pero se encogió más en sí misma y siguió mirando fijamente en dirección al suelo.
-Mira. Mira el regalito que te he traído.
-No lo veo papi-levantó ligeramente la vista sin mover la cabeza.
-¿No?
-No, ¿dónde está?
-Aquí, ¿no lo ves? Mira-dijo al tiempo que la lanzaba al suelo con una sonora bofetada.
Los oídos le zumbaban y notaba su mejilla izquierda ardiente. Las lágrimas habían comenzado ya a aparecer en su rostro y estaba confusa. Su padre olía a alcohol esa noche al igual que todas las anteriores que podía recordar, y no debió de haber salido de donde estaba escondida a pesar de las dulces palabras que había tenido con ella en esta ocasión.
Su madre tampoco intervino esta vez. Se limitó a mirar y a contentarse porque el cerdo de su marido hubiera escogido esa noche a la pequeña Mari como diana. Tal vez así no llegara a molestarla a ella, y aunque fuese egoísta por su parte, no pudo evitar cierto alivio. ¿Cómo podía llegar a comportarse de ese modo? Sentía vergüenza de sí misma, pero estaba tan aterrorizada que ya no sabía qué hacer o cómo reaccionar. También ella había terminado por sucumbir a los efectos del alcohol, que si bien no solucionaban sus problemas, al menos sí que le servía como válvula de escape. Sus sentidos se embotaban, y con ellos sus sentimientos, sus preocupaciones... Todo acababa siendo algo irreal a su alrededor, y eso tal vez no fuera bueno, pero sí que era cómodo.
Hoy también la estaba llamando.
-Mari, ven con papito. Anda, te traigo un regalo, ¿dónde estás? -la voz de su padre se entremezclaba con los truenos, y Mari había dejado de gritar llamando a su madre por miedo a ser escuchada ahora.
A pesar del miedo que tenía de estar sola en plena tormenta, esta vez no salió. No volvería a cometer ese tipo de error. Al menos no de momento. El engaño y la bofetada estaban todavía demasiado recientes. Estaba segura de que su padre tampoco le traía ningún regalo esa noche. Su voz sonaba igual de pastosa y balbuceante que los días anteriores. El mismo tipo de voz que tenía su madre últimamente, desde que las botellas de ginebra vacías se amontonaban en el cubo de la basura. En cuanto a regalos, sólo recordaba que le hubiese hecho uno. Fue en su segundo cumpleaños. ¡Qué felices éramos! -pensó-. Le había regalado una casa de muñecas, con dos muñequitas pequeñas muy bonitas. Era lo único que conservaba celosamente en su cuarto y jugaba con ellas continuamente. Si su padre entraba borracho a su habitación en alguna ocasión, no acostumbraba a gritarle si la encontraba jugando con su regalo. Se sentía orgulloso con la idea que tuvo regalándole ese trasto -como él lo llamaba.
Los truenos seguían amenazadores. Escondió la cabeza bajo la almohada y a pesar de todo trató de dormir. Pero no pudo.
28 de Marzo
Cansado de preguntar por la niña y ver que no salía esa noche, se enfureció y empezó a insultar a su esposa.
-¡Mari!-se llamaba igual que su hija. A él le parecía estúpido y así lo hizo constar el día del bautizo de la niña, pero ella se había empeñado en poner a la maldita criatura el nombre de ella, como ya lo habían tenido su madre, su abuela, y quien sabe cuantas Maris más, y dejó bien claro que no pensaba dar su brazo a torcer. Eran otros tiempos. Ahora no lo hubiera permitido.
-¡Mari!- volvió a gritar, dirigiéndose esta vez a la cocina-. La ola de insultos comenzó como de costumbre, mezclada con unos cuantos golpes y ruidos de cacharros que se hacían pedazos al chocar contra el suelo. Aprovechando el barullo, la niña volvió a su cuarto con la intención de jugar con las muñecas, pero antes de llegar vio sobre la mesa un pequeño transistor bastante maltratado que no había visto nunca antes -miró en derredor- y lo cogió escondiéndolo bajo su falda.
29 de Marzo
Era por la tarde y su madre había salido de compras encerrándola en la habitación como tenia por costumbre cada vez que salía de casa. Seguramente había ido a comprar más ginebra. Nadie parecía haber notado la falta de la pequeña radio. Seguramente la encontró o la robó su padre estando borracho, y simplemente no lo recordaba. Estaba sola y decidió enchufarla. Se oyeron unos ruidos y chisporroteos al principio, y de pronto unas voces hicieron su aparición. ¡Funciona! ¡Funciona! -gritó-, estaba contenta, muy contenta. Ahora tendría compañía por las tardes.
4 de Abril
Estaba escuchando la radio, como los días anteriores. Se estaba emitiendo uno de esos seriales interminables. Estaba ensimismada. Cualquier cosa de las que oía en la radio le gustaba, pero nada le agradaba tanto como el serial. Se identificaba completamente con la protagonista, que como ella, tenia cinco años, y vivía muy triste en casa de su madre, aunque era huérfana de padre. Vivían con ella sus abuelos y todos le hacían la vida imposible a la pequeña.
Mari estaba asombrada. También ella estaba harta de soportar a los mayores.
5 de Abril
Fue el ultimo día que oyó la radio -simplemente dejó de oírse-. A Mari le pareció de lo mas extraño, pero así fue. Se murió -murmuró -, y se fue llorando a la cama. Ya no podría seguir escuchando el serial, ni compartir sus problemas con la niña de la radio.
10 de Abril
Estaba jugando con su casita de muñecas cuando entró dando golpes su odiado padre-se sobresaltó-. El se quedó en el umbral de la puerta observando a su hija jugar con las muñecas y cuando se cansó, se dirigió a la cocina sin decir nada. Había tenido suerte -pensó Mari-. No ocurrió como ayer que la estuvo golpeando hasta casi dejarla inconsciente. Tenía los ojos hinchados y le dolían los brazos y las piernas. Estaba asustada y no sabia qué hacer para librarse de las palizas que le propinaba su progenitor. Y fue entonces cuando recordó a su amiguita de la radio. El mismo día en que esta dejó de oírse, la niña había planeado quitarse la vida cortando sus muñecas con una cuchilla de afeitar. Lo recordaba muy bien.
Estaba decidida. Esa misma noche le cogería una cuchilla a su padre y se quitaría la vida. No podía seguir soportándolo por mas tiempo. Parecía tan fácil...
Deslizándose con cuidado hasta el cuarto de baño, sin encender ninguna luz, puso sus pequeñas manos en el asa del cajón que apenas alcanzaba y lo abrió como pudo. Un día había visto a su padre sacar unas cuchillas de las que utilizaba para afeitarse de ese mismo cajón. Pronto encontró una de ellas, y con el mismo silencio que tuvo cuidado de guardar a la ida, guardó de vuelta a su habitación. Cerró la puerta. Seguía a oscuras y se dirigió al centro de la habitación sacando la cuchilla del bolsillo en donde la había metido, y no sin miedo y con la sensación de que le temblaba todo el cuerpo, cortó sus muñecas. Pronto terminaría todo.
11 de Abril
Estaba asombrada, no le había ocurrido nada. Tampoco encontró ningún charco de sangre, y desde luego no estaba muerta. De pronto tuvo miedo de nuevo, mucho miedo. Ahora su padre seguiría pegándole y ella no sabia como evitarlo. Se daría cuenta de que le había robado la cuchilla y además, lo peor de todo, que había destrozado con ella el regalo. El único regalo que él le había hecho. Sus muñecas.
La historia nos va sumiendo en un terreno cada vez más acotado, con el salvaje padre de la niña atenazándola, con la cobarde actitud de su madre, cobarde pero quien sabe si en el fondo la pobre madre era ya pasto de la enajenación mental por las agresiones de su marido.
Pero a medida que el relato se hace más estrecho y sinuoso aparece la presencia de la radio, simbolizando una ventana inmensa hacia la libertad, hacia una libertad incontrolable e inabarcable por la bestia que simboliza el padre, aunque en el fondo se trata de un enfermo por el alcohol que corre por sus venas a raudales, en ese sentido RAMON nos da una información muy precisa, cuando bautizaron a MARI la madre se impuso a la opinión de él, muestra inequívoca de que años antes, fue un hombre dócil y razonable.
Cuando aparece la radio en escena nos encontramos con una niña que toma la iniciativa, que cambia de ser un objeto pasivo a ser un ser vivo y activo. Dejando atrás otro interesante punto que nos ofrece RAMON, la niña mira los zapatos del padre cuando al principio va a buscarla, una imagen muy sugerente de una niña que ve la vida desde un rincón con los ojos dirigidos hacia el suelo, pero su mirada se trasforma cogiendo otro rumbo hacia el horizonte, un horizonte lejano y abierto que se escenifica en su súbita madurez al cambiar muñecas por historias con carne y hueso, carne y hueso que pone su imaginación, ya que en realidad son voces que salen de un aparato de radio y que ella engulle con inusual devoción. Por cierto otro detalle interesante es que en el serial de la radio, la niña no tiene padre, me parece un acierto, a sí se consigue no quitar el abominable protagonismo del padre de MARI.
Las botellas de ginebra se amontonan en el cubo de basura, en esa casa no hay desperdicios, ni cáscaras de patata, ni latas de coca cola vacía, sólo hay tormento en forma de vidrio. Por cierto, el vidrio roto corta como una cuchilla de afeitar, presagio del final.
El relato llega a su cima cuando la pequeña va al lavabo y RAMON nos informa de cómo la niña coge del cajón el metal liberador. Una escena que aúna tensión y terror, por lo que pueda hacer la niña o por si es descubierta por su inquisidor padre.
Y sobre todo el final es inesperado y eficaz, la niña corta la cadena que su padre le ofreció, corta la gratitud para con la bestia, simbolizando que la gratitud hacia los deslamados es un mal que se acabara oxidando. La niña rompe con la gratitud y nos indica que se hará mayor y se que será libre.