Su cuerpo fue a dar contra algo blando y cálido después de haber rodado escasos metros a través de la habitación después de ser empujado por una mano que desaparecía en esos momentos al cerrarse la puerta por la que había entrado de forma tan estrepitosa.
Se encontraba, o más bien se encontraban -porque aquello blando y cálido con lo que había tropezado, sin duda era su compañero de cautiverio- en un habitáculo de dimensiones nada proporcionadas. Posiblemente midiera unos veinte metros de largo y poco menos de tres de ancho, por lo que más que un recinto, parecía un largo pasillo, aunque sólo disponía de una puerta lateral que era precisamente por donde habían entrado.
La puerta era metálica y de aspecto recio y estaba situada en una de las paredes más largas, lo que explicaba que hubiesen atravesado rápidamente la habitación al ser empujados a través de ella, dando el primero contra la pared contraria y el segundo, contra el primero. Se levantaron ambos algo aturdidos y observaron las condiciones en que se encontraban. En el extremo más apartado se hallaba una mesa con dos sillas que debían de ser horrorosamente incomodas a juzgar por el aspecto que presentaban. Encima de la mesa habían cinco barras de pan y un recipiente lleno de agua con capacidad aproximada de unos cinco litros. Del alto techo -también en este aspecto la sala era desproporcionada- pendían dos bombillas desnudas y totalmente cubiertas de polvo acumulado durante varios años, ambas de escaso voltaje y que apenas alumbraban lo suficiente para no tropezar. Se acercaron al unísono a la puerta, y comprobaron que estaba cerrada. Al apartar la mano del pomo de la puerta, uno de ellos descubrió que pendía de él un pedazo de papel escrito de ridículas dimensiones. La caligrafía era atroz y diminuta como el papel que la contenía. Tuvieron que agudizar la vista en la penumbra reinante para poder descifrar los caracteres que se encontraban garrapateados en el papel. Por fortuna, sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y pudieron leer el contenido: Esta puerta no se abrirá hasta pasadas 120 horas, no intenten abrirla antes, sería inútil.
Ya lo habían intentado y efectivamente, había sido inútil.
Se acercaron a la mesa, pero decidieron sentarse en el suelo. Sin duda sería mucho más cómodo que las extrañas y viejas sillas. Pronto se hicieron a la idea de pasar allí encerrados los cinco días que vaticinaba la nota escrita, por lo que hicieron inventario de los víveres de que disponían, y si los cálculos no les fallaban, salían a medio litro de agua y media barra de pan por cabeza y día. Si no se movían demasiado e intentaban no sudar, podrían arreglárselas.
Los días fueron pasando lentamente en un silencio total. Apenas hablaban para guardar fuerzas y habían racionado la comida de la forma calculada. Al acabar el quinto día, terminaron con él los alimentos, así como la posibilidad de sobrevivir si no salían pronto de aquel lugar. Sólo faltaba una hora para que transcurriesen las ciento veinte acordadas unilateralmente. Esta última hora la pasaron a escasos centímetros de la puerta, la cual miraban con avidez con los rostros desencajados. Fue la más lenta de todas, pero como sus compañeras anteriores acabó sucumbiendo al paso irrefrenable del tiempo.
Se abalanzaron sobre la puerta con las pocas fuerzas que les restaban después de su largo cautiverio. Un intento siguió a otro, este a un tercero, y así hasta que desfallecieron agotados por el esfuerzo.
Uno de ellos todavía apoyado en la puerta vio nuevamente el diminuto mensaje y una oleada de pánico le envolvió.
Esta puerta no se abrirá hasta pasadas 120 horas, no intenten abrirla antes, sería inútil.
De nuevo la nota tenía razón. La puerta seguía cerrada.
Naturalmente...