La oscuridad le envolvía, no importaba la hora del día o de la noche, ni dónde se encontrara. Era algo que había dejado de atormentarle, aunque fue muy duro para él el momento en que su médico le informó de que ya no volvería a ver. Aquél maldito accidente no acabó con su vida, pero lo dejó en la más completa oscuridad para siempre. Fotógrafo de profesión, creyó que todo había acabado para él, que nunca se repondría. Veinte años hacía de eso y todavía había noches en las que despertaba después de ver repetidas una vez más las imágenes del accidente. Solo en sueños conservaba la visión; una noche lluviosa, las gruesas gotas explotando contra el parabrisas, y los destellos de las luces de los coches que venían en dirección contraria. Todo fue muy rápido. Cuántas veces había dado gracias a Dios por el hecho de viajar solo esa maldita noche. Si Cristina lo hubiera acompañado, difícilmente hubiera sobrevivido. Al salir de la carretera, el coche quedó insertado en una de las vallas de protección que acabó penetrando en el interior del vehículo, atravesando el cristal delantero y destrozando en su trayectoria el asiento del acompañante. El médico le dijo que si hubiera conducido un coche más moderno, posiblemente no le hubiera ocurrido aquello, pero aquel cristal del parabrisas dejaba mucho que desear en cuando a seguridad. Al penetrar en el interior del vehículo la valla, el cristal estalló en miles de pedazos que salieron disparados, y muchos de ellos alcanzaron su rostro y sus ojos. Era la última imagen que recordaba. Luego la sensación de la lluvia fría en su rostro, y el ruido del motor que rugía impertérrito bajo el capó. Todavía no podía borrar de su mente aquellas imágenes. Apenas podía recordar el rostro de sus seres queridos, incluso el de su mujer y el suyo propio resultaban difusos en su mente. Durante más de diez años permaneció en una depresión casi continua, de la que solo pudo salir gracias al esfuerzo absoluto de Cristina.
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Siempre había estado enamorada de Pedro y nunca se había fijado en otro hombre. De hecho y a pesar de tener pretendientes, nunca se había casado. Su hermana lo sabía, las dos lo habían compartido todo siempre desde que nacieron con apenas dos minutos de diferencia. Lloró tanto como Cristina las consecuencias del accidente de Pedro, y sufrió con ellos la depresión de este. Su amor por él no desapareció, sino que pareció multiplicarse al ver lo necesitado de ayuda que estaba.
Salió de la bañera y después de secarse contempló su cuerpo en el espejo. Seguía como siempre. Su hermana decía que estaban "llenitas", aunque ella siempre se había considerado gorda. Precisamente lo único que la consolaba, era el hecho de que Cristina estuviera como ella. En realidad tenían unos cuerpos muy similares, con grandes pechos y amplias caderas, a estas alturas ya con cierta celulitis. Cuando Pedro hablaba con su mujer y salía a relucir el tema, él siempre decía: "Qué mejor para un ciego que un cuerpo voluptuoso con el que poder disfrutar con el tacto."
Era encantador, siempre lo había sido, pero ahora lo era todavía más. Después de resignarse a su nueva vida, se había sabido adaptar y disfrutaba de los pequeños placeres cotidianos que antes le pasaban desapercibidos, inmerso en la vorágine social de su trabajo.
Se secó minuciosamente, y luego, siguiendo con el ritual de siempre, ritual que compartía también con su hermana, mojó gran parte de su cuerpo con pequeñas cantidades de su perfume preferido. Dejó el pequeño frasco, rugoso y transparente, de EAU DE ROCHAS sobre la pequeña repisa del lavabo y salió desnuda como estaba, dirigiéndose al dormitorio donde la esperaba Pedro.
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Aquel aroma de una frescura inconfundible invadió la habitación una vez más. Siempre le había recordado al aroma de los limones, e incluso a otros olores de su niñez, cuando en los días de invierno se adentraba en el bosque con su padre y podía oler aquella mezcla de madera, flores y musgo. El dulce cuerpo desnudo de María rozó el suyo y pronto estuvieron fundidos en un salvaje a la vez que sensual abrazo.
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Durante las largas semanas que estuvo en el hospital, donde tuvo que empezar a acostumbrarse a aquella extraña situación, ya comenzó a fijarse de una forma más evidente en los distintos olores que le rodeaban. Olores y sonidos que siempre habían pasado desapercibidos, de repente pasaron a formar parte de su vida. De aquella época recordaba principalmente el olor clásico de hospital que siempre había conocido, pero con un sinfín de matices que se le iban revelando conforme pasaban las semanas, y el perfume de Cristina. Perfume que desde que la conoció la acompañaba y que todavía ahora utilizaba. Un perfume en el que había aprendido a encontrar todo tipo de variantes.
María abandonó la cama poco después de hacer el amor con Pedro y se dirigió de nuevo al cuarto de baño. Pedro quedó en la cama, agotado, extasiado, lleno de una paz interior difícil de definir. Sería incapaz de determinar desde cuando compartía la cama con su cuñada. Era tan parecida a su mujer, que incluso cuando todavía disfrutaba del sentido de la vista, tenía que esforzarse para encontrar las pequeñas diferencias que existían en sus rostros.
Pasaron años hasta que su olfato avanzó lo suficiente como para detectar hasta los más pequeños cambios. Fue entonces cuando empezó a sospechar. Su mujer no olía siempre igual, unas veces existían unos matices de fondo en el perfume que le recordaban más al aroma de las naranjas, y otras en cambio, había algo que le recordaba a los limones. Cuando estuvo seguro de haber descubierto a qué se debían estos cambios, quedó perplejo, al principio no sabía qué pensar, incluso estuvo varios meses dudando de si se trataría o no de fantasías suyas, pero finalmente estuvo seguro. Su mujer siempre lo había compartido todo con su hermana, con lo cual tampoco era demasiado de extrañar esta situación. El hecho de que su cuñada se hubiera ido a vivir con ellos, en principio para cuidar de él, sin duda fue el detonante para que todo aquello ocurriera.
Nunca dijo nada, nunca le dijeron nada. Al fin y al cabo los tres habían conseguido ser felices a pesar del accidente...
... o tal vez gracias al accidente.
RAMON nos sumerge en la historia de un triunvirato carnal, sensual y exótico, con mezcla de olores y quien sabe si de sabores, que no cita pero que deja entrever. Una suculenta trama oscura y luminosa a un tiempo, delicada y salvaje, esto último tampoco cita, pero que también deja entrever.
Un fotógrafo que se queda sin flash ante la constante cotidiana, ante los avatares por un trágico accidente que lo deja sin luz pero que le obsequiara con placeres, olientes y luminosos en forma de dos hermanas gemelas exuberantes, ardientes y delicadas.
Un relato erótico y entrañable, en donde no chirría en ningún momento la infidelidad, quien sabe si admitida por parte de la mujer natural de PEDRO. En todo caso es uno de los pilares donde se asienta la historia.
Un final abierto, que insinúa una aceptación silenciosa ante un juego cuyos ingredientes son el morbo, el amor y una mezcla exquisita de olores a naranja y limón.