Bajo
la tierra permanezco inmóvil, con los ojos
cerrados y la frente sudorosa. Aún no he
asimilado la situación y los nervios comienzan
a hacer acto de presencia. Noto una irreverente
palpitación angustiosa que recorre mi cuerpo
y que me hace aterrizar en una nube de espasmos
y náuseas. La espera es eterna. Allá
a lo lejos una luz blanca, tremenda, cegadora. El
ruido es ensordecedor y mis pupilas se dilatan al
ritmo que el alcohol impone mientras se diluye por
mis sentidos. Por fin ha llegado la hora de irme.
El metro irrumpe en la estación. Se abren
las puertas de un vagón casi vacío,
sólo hay una persona en su interior, una
linda chica de no más de veinte años.
Su piel de color ceniza conjuga perfectamente con
el ardiente deseo amoroso que siento. Ella está
mirando al suelo. Yo, con cierta maldad, me acerco
y me acomodo en el asiento más próximo
que existe. Ya estoy a su derecha. Ella no ha levantado
la mirada pero intuyo su miedo.
Creerá que soy una de esos asquerosos gamberros
cuya principal diversión es molestar a chicas
indefensas. Y que lo esté pensando, la verdad,
me divierte. No dejo de darle vueltas: creo que
si la situación hubiera sido la contraria
y esta preciosa joven se hubiera acomodado junto
a mí, yo me hubiera sentido halagado, me
hubiera sentido querido por primera vez en la vida.
Menuda ironía.
El metro se ha adentrado en el oscuro túnel
de tinieblas en el que todo ciudadano se ve sumergido
cada mañana. Aprovecho la coyuntura, violentamente
giro la cabeza hacia mi izquierda y comienzo a mirarla
de forma hiriente y descarada. Empiezo a observarla
con detenimiento, los poros de su piel están
tan cerca de mi nariz que casi puedo rozarlos. Ya
puedo oler el llanto de su temor.
Besamos la medianoche, es el último metro
por hoy. La siguiente estación ya está
muy próxima. El metro va disminuyendo progresivamente
de velocidad, estamos casi parados y, de repente,
ella se levanta. Mi mirada la persigue. El metro
ha parado, las puertas se abren y ella, a toda prisa,
baja de nuestro vagón para subirse rápidamente
en el anterior. Otra vez me he quedado sólo.
El metro prosigue su camino y yo me acerco a la
puerta que comunica un vagón con otro, mi
cara se topa con el frescor de un cristal sucio.
La observo. Ahora, llorando, aún me parece
más guapa; el brillo dorado de sus lágrimas
desvela el añil escondido de sus pupilas
y la humedad de sus ojos resalta la longitud de
sus pestañas. Quiero hacerla el amor.
Llegamos a la siguiente estación, no recuerdo
cual. Nadie alrededor, la estación vacía
y yo lleno de amor y de ganas. Se baja y rápidamente
comienza a correr. Yo, a duras penas, consigo bajarme
de aquel maldito vagón. Comienzo a correr
tras ella, la fuerza del instinto sexual es mayor
que cualquier otra dolencia y la velocidad de mi
carrera es alta. Estoy a punto de atraparla, ella
comienza a subir las escaleras y yo la agarro por
la cintura. La tengo. De pronto, una tremenda coz
impacta sobre mis más íntimas partes.
El dolor es grande, tanto que me hace perder el
equilibrio y caer al suelo golpeándome en
la nuca con uno de esos escalones. Ella se aleja
corriendo y con ella todas mis apetencias sexuales.
La sangre brota y mi consciencia se ahoga en un
mar rojo de pensamientos impíos. Entre ellos,
una gran duda.
Destino
En la lejanía de una habitación desierta
me encuentro cómodo. La mirada ausente, perdida
en la sencillez del pomo de esa puerta que tantas
y tantas veces he cerrado frente a los enojados
rostros de mis progenitores. Reflexiono sobre mi
comportamiento y me siento realizado. La gran duda
ya está disipada.
Mi cerebro es un hervidero de nítidas imágenes
e imprescindibles momentos. Los pasos a seguir fueron
sencillos. Necesitaba la ayuda de una persona con
grandes dosis de ignorancia e ínfimos niveles
de inteligencia. Debía ser alguien falto
de astucia, fácilmente manejable. Ese fue
Martín, un amigo de la infancia.
Lo estuvimos hablando durante toda una semana, él
no parecía dispuesto a hacerlo pero mi gran
capacidad de persuasión y su falta de confianza
fueron las causas principales que motivaron ese
paulatino cambio de opinión. Le convencí.
Sara no podía saber nada, no debía.
Ella estaba pasando un momento delicado: tan sólo
hacía dos meses que había abandonado
a Martín. No tuvo elección, los continuos
ataques de histeria y pánico que éste
sufría fueron demasiado para ella. Martín
tenía graves problemas psicológicos,
incluso, había pasado algunas breves temporadas
internado. Una circunstancia que, gracias a Dios,
aproveché de forma magistral.
Engañé a Martín. En calidad
de íntimo amigo le confesé que Sara
había conocido a un chico del que se había
enamorado profundamente. Le detallé minuciosamente
esos besos que Sara había dado a su nuevo
amor, ése que sólo existía
en mi prodigiosa mente y que tenía un fin
concreto. Le hice enrojecer de rabia a través
de un amor inventado. Así accedió
a mi petición.
Pobre loco. Me ha llamado muy asustado hace tan
sólo tres horas. Nada más descolgar
el teléfono había comenzado a llorar,
su respiración entrecortada dificultaba nuestra
comunicación pero entre sollozos y susurros
sólo alcance a oír: ¡Lo he hecho!
¡Lo he hecho! Lo repetía incesantemente.
Le colgué, ya no me hacía falta.
En compañía de Baudelaire y la calma
infinita desprendida por sus poemas me inmiscuyo
en mi propio paraíso natural: el de mis actos.
Aquella noche en que intenté violar a esa
preciosa chica cambió el rumbo de mi vida,
comencé a plantearme preguntas y quise encontrar
respuestas. Una de ellas destacó sobremanera:
Quería saber quién, dónde y
cómo, en un determinado momento, está
muriendo. Y lo más importante: yo no tenía
que estar presente, eso sería demasiado fácil
y no me conduciría a esa verdad exclusiva
que tanto he perseguido, esa que pocas personas
han podido experimentar a lo largo de su monótona
vida.
Minutos antes de las ocho de la tarde mi corazón
latía a gran velocidad, nervios exaltados
y ojos fuera de órbita. El calor era angustiante
y la impaciencia se adueñaba del tórrido
ser de mis entrañas. El tiempo transcurría
lentamente. Quedaba un minuto y fui siguiendo con
la vista el segundero: treinta, veintinueve, veintiocho,
.... dos, uno ¡Ya! Una extraña sensación
orgiástica me condujo a emitir un sonido
casi imperceptible. Cerré los ojos y pensé
en mi verdad: A las ocho de la tarde, en casa de
Martín, Sara había muerto. Él
la había apuñalado.
Mis padres empiezan a preocuparse. Sara había
dicho que no iba a tardar mucho, tenía que
estudiar. Pasan ya veinte minutos de las once de
la noche y mi hermana no ha vuelto. Yo también
me estoy comenzando a poner nervioso o, por los
menos, eso es lo que tiene que parecer.