El viento arreciaba contra los cristales del tercer piso, y aunque era de suponer que lo mismo ocurriría en el resto de los pisos del edificio, eso a Teo no le importaba, porque los que le estaban atormentando eran precisamente los del tercer piso, que era donde el vivía. Si es que se podía decir que aquello era vivir. La tormenta había comenzado un par de horas antes y parecía no querer terminar nunca.
Desde hacia unos días estaba verdaderamente nervioso, pero esta maldita tormenta le estaba llevando al borde de la histeria. Siempre había sido un hombre susceptible y enfermizo, y desde muy joven fue aquejado de numerosas enfermedades y dolencias que ni la más prolífica imaginación podría haber creado. Pero lo peor empezó unos meses atrás, cuando a su larga y retorcida figura de amarillenta piel cubierta de pecas se le fueron añadiendo unas manchas verdiazules cual cardenales con muy mal aspecto. No había hecho mucho caso al principio, pero pronto crecieron sus temores a la vista de que la cosa iba empeorando y decidió consultar al médico de la familia que le había atendido prácticamente desde su infancia.
-Teo-le dijo el doctor dejando sobre la mesa el historial clínico de su paciente. Historial que abarcaba un amplio legajo de notas- Siento tener que decirte que esto no me gusta nada. No es nada conocido, o al menos nada que yo conozca, y créeme, son pocas las cosas que no conozco en medicina. Te daré la dirección de un especialista amigo mío para que vayas a verlo. Mantenme informado -añadió concisamente y con un tono de voz monocorde, dando por terminada la consulta-. Teo maldijo por lo bajo y salió de la habitación arrastrando los pies como era habitual en él.
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El viento volvió a golpear las ventanas con redoblada fuerza. Sentía que los tímpanos iban a estallarle; estaba desvelado por completo y sin remedio. Se miró las extremidades y contempló las manchas que le habían aparecido sobre ellas y el resto del cuerpo, ahora no eran simplemente manchas, tenían volumen propio y formaban unos bultos repugnantes que aumentaban día a día. El especialista le había dicho la semana anterior con tono trágico que apenas le quedaban seis meses de vida. Lo mismo podían ser diez, pero dudaba realmente que llegase a un año. Mientras le comunicaba esto se había dado la vuelta fingiendo archivar unos papeles para no enfrentarse con la mirada del paciente que le había enviado su amigo. Cuando éste volvió a dirigir la mirada al lugar donde había estado sentado Teo, ya había desaparecido, se había esfumado, había abandonado la habitación como lo hubiera hecho un fantasma condenado a vagar toda una eternidad sin rumbo fijo.
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El viento logró romper uno de los cristales después de muchos esfuerzos, sacando a Teo de la abstracción que le había llevado a recordar aquellos dolorosos momentos en que le fue leído el porvenir de una forma mucho más severa y sin duda fiable a como lo hubiera hecho una pitonisa. Maldijo su suerte y fue a refugiarse a una habitación contigua en donde no había ventanas que romper. Volvió a abstraerse conforme la tranquilidad lo invadía, y en esta ocasión se le apareció otra habitación, pero ahora no se trataba de la consulta de ningún doctor. Tras una enorme mesa de caoba se hallaba refugiado un extraño hombrecillo con cara de pez que sostenía entre sus labios un cigarro habano apenas humeante. Llevaba unas gafas de enormes y gruesos cristales que no solo ocultaban sus ojos sino gran parte de su pequeña cara. Teo se hallaba frente a él, hecho un manojo de nervios. Le contó toda su triste historia llena de enfermedades, incluyendo especialmente detalles de la última. Señor- añadió Teo sin decir ningún nombre puesto que desconocía cómo se llamaba el individuo-. Me ha enviado un conocido mío, como ya le he dicho al empezar mi historia, lo cierto es que no puedo soportar vivir de este modo los seis o siete meses que me restan... -vaciló-,... mi amigo... --hubo una nueva pausa -..., bien-continuó-, me ha enviado porque ustedes pueden..., quiero decir que pueden si se les paga debidamente...
El hombre con cara de pez seguía mirándolo a través de los gruesos cristales de sus gafas sin ninguna expresión. Por lo visto estaba acostumbrado a que sus interlocutores se mostraran nerviosos o confusos. Tampoco hizo nada por mejorar esa situación y se limitó a dejar hablar a Teo.
-Digamos que ustedes...podrían asesinarme.-El hombrecillo seguía mirándolo como si no le concerniese en absoluto lo que aquel hombre decía, pero enarcó ligeramente una ceja. Único gesto que le dio a entender a Teo que lo estaba escuchando. -Sólo quiero- continuó Teo vacilante- que me maten a mi..., me falta valor para suicidarme, sé que parece ridículo, pero estoy dispuesto a pagar lo que sea a cambio de no tener una muerte horrible como la que me espera...
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Cuando todavía no había salido de la habitación de cara de pez ya estaba arrepentido de haber entrado. Lo que él quería era una locura, una autentica locura, era mucho mejor arrojarse desde una ventana. Eso es, me tirare por la ventana -se dijo-, pero no tenia valor para hacerlo y él lo sabía.
A la mañana siguiente visitó de nuevo las oficinas de cara de pez. Quería anular la loca orden del día anterior. Cuando llegó, vio con sorpresa que la puerta principal estaba abierta, y al abrirla comprobó con estupor que el escaso mobiliario que el día anterior amueblaba la estancia había desaparecido. No podía anular la orden y no se atrevía a suicidarse, era el desafortunado con menos suerte que existía -se lamentó.
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Oyó de forma apagada cómo estallaba en pedazos otro cristal de una habitación cercana. La furia del viento era insoportable.
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En la calle una figura que se hallaba en la sombra soportando los caprichos de la tormenta, se refugió del viento y la lluvia en una cabina telefónica, aunque pronto salió de la misma. Sin duda estaba demasiado iluminada.
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Sentía verdadero pánico. Llevaba tres días encerrado en el piso sin salir para nada a la calle y a mediodía había agotado totalmente el contenido de su despensa. Tendría que salir si no quería morir de hambre y sed.
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El hombre de la calle estaba aturdido, vigilaba la puerta del dichoso edificio desde hacía tres días, y lo extraño no era que no saliese el individuo del tercer piso, sino que no salió ni entró nadie durante esos tres días. Deben de estar todos locos -se dijo al tiempo que se cobijaba en las sombras de la madrugada.
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Teo se dispuso a salir, tenía que comprar comida, era de noche, pero había un VIPS cerca de allí que sin duda estaría abierto a esas horas. Tenía que salir.
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El hombre seguía allí. Ya no era el mismo, pero nadie lo hubiese dicho. Llevaba igualmente un traje gris, sombrero de fieltro de ala ancha y una bufanda que le tapaba la cara. Vigilaba la puerta del edificio desde el interior de un viejo vehículo. Empezaba a estar tan cansado que se la cerraban los ojos, pero de pronto pareció disiparse todo su cansancio. Una figura rodeada de sombras acababa de salir a la calle y después de mirar a ambos lados y comprobar que no había nadie, emprendía el camino con grandes zancadas.
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Estaba realmente asustado y no vio a nadie en la calle salvo una vieja que paseaba a un piojoso perro atado a una larga correa.
-Grrrrrg-gruño el perro al verle pasar.
Una vez en la tienda -se asombro de haber llegado sin incidentes-, compró todo lo que podía llevar consigo y salió tan raudo como hubo entrado. Durante el camino de vuelta se encontró con un par de mujeres de aspecto patético y tremendamente aburrido.
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El hombre le seguía desde que salió de su casa. Se había quitado el sombrero y puesto otro sobre la cabeza, este último de aspecto bastante más andrajoso. Lo mismo hizo con la gabardina gris y se puso unas gafas oscuras que apenas le dejaban ver a través de la oscuridad de la noche.
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Teo no sentía las piernas, estaba helado, un cosquilleo le recorrió la espina dorsal, había oído unos pasos detrás suyo. La adrenalina le invadió el cuerpo, el pánico que había sentido antes no era nada comparado con el que ahora lo embargaba. Se dio la vuelta lentamente, y pronto su cuerpo se relajó, no era más que un ciego que salía de una esquina y entraba en el mismo callejón que él ocupaba en esos momentos. En una mano sostenía un bastón que agitaba de un lado a otro con un movimiento pendular. En la otra mano sostenía una lata abollada que sin duda utilizaba para pedir limosna. Se rió para sí e introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacando unas monedas para entregárselas al pobre mendigo. Cuando estuvo a su altura las introdujo en la lata provocando un sonido metálico apagado.
-Buenas noches-, le dijo al tiempo que introducía las tintineantes monedas.
-Buenas noches-respondió el ciego-. Gracias-añadió al oir el sonido del metal contra el metal.
-Ha sido un placer, no se lo creerá, pero me había asustado al oírle llegar-rió de buena gana.
-Ja, ja, ja -rió igualmente el ciego a la vez que colgaba el bastón en su brazo derecho e introducía su mano izquierda en el andrajoso traje.
Teo se dio cuenta y no rió más, era demasiado tarde.
Se oyó un estampido. En la oscuridad un hombre cargado de paquetes cayó al suelo, otro con un bastón salió corriendo, según afirmarían más tarde unas mujeres de aspecto aburrido.
El cuerpo cubierto de paquetes se movió ligeramente, sentía que se estaba muriendo... Ese maldito ciego con cara de pez -pensó-, sí, tenía cara de pez y había sido un estúpido al no darse cuenta antes. Había comprado dos veces su muerte al mismo individuo. Estúpido -se dijo a sí mismo, y murió.
Un perro piojoso llegó jadeante al lado del cadáver arrastrando una larga correa. La vieja renqueante a la que se le había escapado llegó un poco más tarde dispuesta a reprender al dichoso animal. Se desmayó.
Un hombre que teme vivir por que la muerte le acecha de manera certera, y no por las visiones de una bruja o cartomante, sino por las objetivas deliberaciones de un médico, ¿Hay otra voz más solvente para esos menesteres? Su ansiedad se hace sutil, no trasmite gran empatia al lector porque el personaje es un ser gris, en un entorno gris y lúgubre.
Un ser cobarde que pide que lo asesinen, un ser cobarde que huye de la muerte que él ha captado como si de una sexta se tratase, huye pero la muerte es implacable, la ciudad es un cementerio, cuyos únicos habitantes son una vieja y un perro que gusta de lamer la cara a la muerte tendida en el asfalto. Un ciego DAVIDLYNCHNIANO que ilumina la sombra con el tintineo de su lata abollada. Macabro destino del que paga dos veces para que lo maten: al que pago para hacerlo y al que pago para comprobar de que no había guadaña, sino inofensivo péndulo con forma de bastón blanco.
RAMON nos invita a seguir a un abatido personaje por los entresijos de la necesidad de huir del dolor, con precisión y sequedad y con una desnuda puesta en escena, escarba sutilmente en la voluntad de un ser que quiere morir pero que le traiciona su instinto de supervivencia.